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Panchimalco y su fiesta

 
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Campanario, Santo Domingo de Guzmán, Sonsonate. (Fotos Cecilia Medina)

Panchimalco y su fiesta para la Santa Cruz de Roma

Carmen Molina Tamacas
carmenmt@queondas.com

Una tarde de juegos
David y yo volvemos a los alrededores de la iglesia , porque nos han prometido que pronto comenzarán los juegos tradicionales. Un grupo de hombres trata de remover una rotunda piedra del centro de la calle, frente a la plaza central, porque allí será colocado el palo encebado.
Mientras llega el momento, las personas que trabajan en la Casa de la Cultura llaman a todos los cipotes para que se acerquen a reventar las piñatas y para que participen en juegos como el de las chancacas.

A todo esto, las ruedas no paran de dar vueltas. Cipotes y no tan cipotes se suben a la Chicago mientras, abajo, los vendedores de churros españoles tantean el punto de la masa y del aceite que ya amenaza con hervir. Los puestos de elotes locos, tostadas de plátano, papas fritas, sorbetes de carretón y de yuca tienen comensales durante todo el día.

La diversión llega a la media tarde, cuando finalmente deciden soltar al famoso “cuche encebado”. El reto es que los participantes deben corretear al animalito en todo el pueblo, y quien logre agarrarlo se queda con él.
Pero las carcajadas colectivas se prolongan por varias horas, cuando somos testigos de los reiterados intentos por escalar el “palo encebado”. Igual que el cuche, la manteca escurre por todos lados. Para mí es imposible subir los casi 10 metros que mide el palo.
Cipotes, cipotíos y cipotones, flacos y gordos, se las ingenian de todas las maneras habidas y por haber para escalar. De uno en uno, de dos en dos, con camisa o sin ella, con pirámides humanas... todos los intentos fracasan.
Cayó la tarde y cuando ya todos estamos adoloridos de reírnos tanto, los organizadores de la celebración dijeron que se vale de todo para alcanzar la cajita ubicada en lo más alto del palo donde está la contraseña del premio: 40 dólares.
Ramas, alambres y varas entran a la escena y finalmente uno de los grupos gana.
Las ruedas siguen dando vueltas pero es hora de volver los ojos al cielo, porque comienzan a soltar los globos de papel de china. Se parecen a los que hacen en otros pueblos de San Vicente.
El aire caliente los eleva y los eleva, hasta que es imposible verlos.

“Ahí viene el torito pinto...”
Ya es de noche y los impacientes que no queremos perdernos un solo momento esperamos sentados en las gradas por el inicio de la quema de pólvora.
Los cuetes de vara asustan a los distraídos y las luces de bengala nos entretienen a todos. Hasta que aparece el temido “torito pinto”, confeccionado por los trabajadores de la Casa de la Cultura.
Los cachinflines salen virados y uno que otro buscaniguas se cuela por los pies de la gente que sale gritando y riéndose de los puros nervios. David y yo no corremos, pero nos escondemos detrás de un poste. No vaya a ser...
El broche de oro de este día inolvidable es una granada que va tomando fuego lentamente y, al final, da vueltas arrojando chispas de colores.
Ya es tarde y de plano que va a llover, por eso tanto calor. Pero antes, unas pupusitas en el Mirador de Los Planes. Hasta el otro año... si la Santa Cruz de Roma así lo quiere.

 


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